BAZÁN FRÍAS
Bazán Frías, el Robín Hood
tucumano
Bazán Frías nació y vivió en una zona pobre de
San Miguel de Tucumán llamada “Los siete lotes”. Era hijo del policía Juan
Bazán y de Aurora Frías, que le inculcó la religión católica. Trabajó como yesero y después como
camarero en la confitería Petit Pensión, un local frecuentado por
artistas de un teatro cercano. Se afilió al sindicato y hay versiones que
afirman que allí adquirió ideas anarquistas. Su primer registro policial data del 24 de
diciembre de 1915 y hay versiones disímiles respecto del motivo: una es que se
peleó durante un festejo con un vecino, Toribio Estrada, y que después apuñaló
a otro; otra versión indica que defendió a un cliente atacado a trompadas por
varias personas, mientras estaba trabajando en la confitería; y otra versión
más refiere que asesinó a un cochero instigado por una mujer.
En 1919 su nombre apareció en una noticia en
primera plana del periódico El Orden, a raíz de su detención por la
policía por un incidente producido cuando molestaba a una mujer, hecho por el
cual fue condenado a tres años de cárcel en un juicio en el que fue defendido
por el abogado Alberto Aybar Augier, que era en ese momento presidente de la
Cámara de Senadores provincial. Dos años después fue indultado por el
interventor federal de la provincia. Para entonces se había convertido en el
principal colaborador de Martín Leiva, a quien se acusaba de haber matado el 15
de marzo de 1921 en Concepción al político Estanislao Uraga.
Según el periodista Páez de la Torre, en 1921
Bazán asesinó al oficial de policía Segundo Pascual Figueroa, un hecho que
apareció en la prensa sin individualización de autores, si bien figura en el
prontuario de Leiva, quien es detenido al igual que Bazán.
Estuvo preso en la cárcel ubicada en la Avda.
Sarmiento y 25 de mayo de San Miguel de Tucumán, y el 29 de septiembre de 1922
se escapó con el detenido Martín Leiva, armados de revólveres con los que
abrieron fuego contra los guardias, matando al oficial del cuerpo de bomberos
Ramón Saldaño de un balazo, aunque luego Leiva fue atrapado. El
periódico El Orden atribuyó el homicidio a Bazán, mientras
que La Gaceta menciona a Leiva como el culpable.
El 13 de enero de 1923, cuando estaba escondido
con otros dos hombres en una pequeña casa cerca de la esquina de Mate de Luna y
Alem, de la misma ciudad, fueron rodeados por la policía y Bazán Frías abrió la
puerta bruscamente y salió corriendo por el parque Avellaneda, seguido de cerca
por sus perseguidores a caballo. Mientras intentaba trepar al paredón que rodea
el Cementerio del Oeste, recibió varios disparos que le causaron la muerte. En
sus bolsillos llevaba un crucifijo, una medalla y un escapulario (era devoto
del Sagrado Corazón de Jesús), 50 centavos, una copia de su orden de captura y
varias llaves ganzúas.
Fue velado en el Cementerio del Norte por su
padre, quien colocó velas alrededor del cadáver. Según la leyenda, no pudo
saltar el paredón cuando escapaba porque vio en el cementerio el alma del
policía que había matado. Paulatinamente, el recuerdo de su vida fue cambiando
hasta convertirse en el de un hombre bueno que se volvió delincuente perseguido
por la "mala policía" de la época. Su prontuario no se conserva, pues
estaba entre los que el jefe de policía Mario Alberto Mazza colocó junto a los
de notables delincuentes de su época en una hoguera que organizó, y fue así que
se transformó en el santo popular más importante de Tucumán.
Su tumba tiene en la cabecera un monolito con
una cruz de hierro que está cubierto de placas, flores, fotos de los promesantes,
rosarios, cintas, imágenes de santos y crucifijos, entre otros objetos.


Alberto Félix Soria, asesinato en la Mate de
Luna
A pocos metros de la entrada del Cementerio del
Norte, doblando a mano izquierda, se encuentra la tumba del cadete Alberto
Félix Soria. Su cajón se ubica debajo de un gran rectángulo de piedra negra,
con una cruz tallada. Atrás hay un obelisco con su epitafio escrito.
Contrastando con el tono sombrío de la piedra, en las esquinas hay dos
coloridas estatuas.
A los 22
años de edad, el 19 de Julio de 1927, Alberto fue asesinado de un tiro en la
espalda mientras realizaba un control de rutina en la avenida Mate de Luna.
La primera estatua representa al Cadete caído,
en posición erguida con su uniforme de ceremonia y el sable en su mano. A un
costado, echada sobre el sepulcro en actitud doliente, completamente desnuda y
con los cabellos tapando su rostro, se encuentra una mujer.
Existen diferentes versiones sobre a quién
representa la mujer. Una de ellas es que es su novia, mientras que otras
sostienen que es su madre. La investigadora Griselda Barale, quien se
especializó en mitos del norte argentino, afirma que por la edad del cadete
debe tratarse de su madre.
Durante la última dictadura militar se pintó el
cuerpo de una mujer con una Bandera Argentina. La explicación que se daba en
ese momento es que las tres mujeres de un hombre son su madre, su esposa y la
Patria. A principio del siglo pasado, los monumentos se realizaban por
suscripción pública. Se proponía armar monumentos y se los financiaba a través
de una colecta con aportantes.
La tumba del cadete Soria se transformó en un emblema para la Policía
tucumana. En su monumento se encuentran dos placas. Una el nombre de otros
miembros del cuerpo caídos durante el ejercicio, otra que dice “Pax, “Camarada”
no te olvidaremos”. El 19 de julio de cada año el cuerpo de policías de Tucumán
realiza un acto en conmemoración al efectivo caído.
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